Inventos  

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Me preguntaron mientras conversaba con alguien cual es la génesis de una tecnología. O sea, que hace que esta tecnología primero se cree y luego se popularice.

Al respecto cabe preguntarse si el invento viene a paliar una necesidad o la crea. Recuerdo el cuento de los vendedores de zapatos que viajan al África a explorar nuevos mercados y descubren que nadie usa calzado. De ahí que uno de ellos reportara a su empresa que no se podían vender zapatos ya que nadie los usaba y el otro reportara que había una gran oportunidad de vender ya que nadie tenía zapatos.

Si se analiza el teléfono móvil. Se ve que hasta hace unos 10 años atrás nadie lo utilizaba. La gente vivía con teléfonos de línea fija y no era necesario el uso de este aparato. Sin embargo 10 años más tarde es casi imposible vivir sin él. Hasta el niño de 5 años lo pide. Los padres sufren frustración por no poder entregar uno y el niño que no lo tiene se siente disminuido. ¿Que pasó?

Cabe preguntarse si la necesidad de comunicación era tal que vino a ser suplida por este aparato o la necesidad de tener uno se creo después de inventado.

Al parecer la difusión de un artefacto se da cuando alguien lo tiene y el otro quiere tenerlo. Las grandes empresas saben esto y lo explotan. Le dicen que usted será feliz si lo compra, lo comparan con otros que lo compraron, lo invitan a unirse al grupo.

Sin embargo, la necesidad del teléfono móvil existía. Algunas empresas necesitaban comunicar sus decisiones a gran distancia y para ello se utilizaba la radio. El celular reemplazó a la radio. Pero, ¿por qué alguien que no era empresario debía tener uno? Simplemente porque las necesidades del ser humano son infinitas – cuestión que analizaremos en otro articulo. Siempre habrá alguien a quien le sirva la nueva tecnología y esté dispuesto pagar por ella. Después, es cuestión de propagar el uso hasta que otra tecnología mas atrayente desplace a la anterior.

La teoría del chorreo  

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Los economistas, hablo de los chilenos. intentan convencernos de que la teoría del chorreo es un axioma. Nos dicen que tengamos paciencia, que el país crece y que a medida que este crecimiento sea mayor, mayor serán los beneficios para "el pueblo". Según ellos, cuando los empresarios ganen suficiente dinero, estos comenzaran a distribuirlo entre los trabajadores, osea, se producirá el anhelado chorreo.

Todo bien, pero ¿cuanto es suficiente para un empresario? esta más que demostrado que a medida de que un hombre adquiere mas bienes, tiene también nuevas necesidades; en una espiral que se alimenta a si misma: más dinero, más necesidades.

El maridaje riqueza-necesidad parte por adquirir un bien y luego hay que conservar este bien. Se compra una casa y hay nuevas necesidades: la pintura, el césped, el agua, la electricidad, en fin la lista puede ser interminable, luego, hay que llenar la casa: los muebles, el televisor, las flores etc. Cuando la casa queda chica para todas las cosas que se tienen se compra una de mayor tamaño. Cuando se adquiere un automóvil y si se tiene suficiente dinero, se comprará otro para la señora o tal vez uno mas lujoso. y así hasta el infinito.

Por ello es difícil que la teoría del chorreo sea verdadera, más aun si se considera que la actitud humana predominante es al acaparamiento y no al desprendimiento. las madres Teresa son la excepción, y la regla general son los Mc patos. No digo que esto sea bueno o malo: simplemente es así.

En fin, sin ser economista, planteo que la teoría del chorreo está equivocada: el chorreo no se producirá, dado que el bolsillos de los hombres, ya sean estos ricos o pobres, no tiene fondo.

El Fin del Paraíso  

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Imagine usted que vive en el paraíso. Alguien se encarga de alimentarlo, por lo que usted nunca pasa hambre; no le falta el agua, por lo que nunca pasa sed; la temperatura es la ideal para que usted esté cómodo. Usted no vive solo. Está acompañado por miles de individuos iguales a usted e igualmente felices. Usted tiene un grupo de allegados, los más cercanos, con ellos usted hace su vida. Porque este paraíso es tan vasto que nunca conocerá en su vida a todos los demás.

En este paraíso, la luz se apaga y se enciende justo cuando usted siente hambre. El alimento es sabroso a su paladar y adecuado para sus necesidades energéticas y está siempre disponible y proviene de un maná que parece inagotable; solo tiene que caminar para encontrarlo y no caminar mucho, de este modo usted nunca se cansa. No sabe lo que es correr porque nunca tuvo que hacerlo. No sabe lo que es la sed, ya que el agua, al igual que el alimento están a la mano. Desde una fuente inagotable.

Pues bien, este paraíso existe, yo lo he visto, he visto a individuos felices, gordos y bien alimentados. Y he vistos el fin del paraíso. El cataclismo.

He visto como algunos son abruptamente sacados de este paraíso, arrancados de su hogar. Llevado lejos. He visto el miedo de algunos en los ojos. He visto el temblor de sus piernas. He mirado y visto su desesperación.

Pero, volvamos a nuestra ensoñación. Está usted viviendo feliz cuando una noche desde alguna parte le llega un rumor. Todos se desasosiegan, los dormidos se despiertan, de pronto todos corren. Son los demás que huyen. Lo pasan a llevar, lo atropellan, lo pisan. Usted no sabe lo que pasa, también corre: porque todos corren.

Usted asiste a este espectáculo con pavor. Ve con horror como sus vecinos son levantado y metidos en una jaulas. Todos gritan; el ruido es ensordecedor. De pronto, después de unos minutos (todo es muy rápido) el ruido cesa; todo esta quieto otra vez, como un sobreviviente después de la tormenta, usted mira desolado el panorama. Todos se han ido.

Su mundo ya no es el mismo, todos los que vivían con usted ahora ya no están. Usted está solo, ahora no hay alimento. El manantial de donde manaba el agua ahora esta muy alto, como si una mano misteriosa la hubiera levantado. La fuente de alimento ahora ya no está a su alcance. Alguien, no sabe quien, la ha movido. Por primera vez usted siente frío. Deambula de un lado para otro, logra ver a alguno de los suyos que al igual que usted camina atontado, mas allá ve alguno que agoniza. Más allá se tropieza con algún cadáver.

Luego, cuando ya han pasados las horas, después de de sentir esta tremenda desolación, después de vagar sin sentido, cuando la sed le atenaza y el hambre orada sus entrañas; cuando el frío cala sus huesos; cuando harto de deambular de un lado a otro, usted se rinde al cansancio y cierra los ojos. Sueña con su mundo destruido, con sus amigos que no están. Quiere sentir el calor de su hogar, beber de la fuente acostumbrada comer de su maná; entonces, siente un escalofrío y su cuerpo tiembla; ya no puede controlarse. Usted sabe que va a morir.

Como le decía, yo he visto este cataclismo. No es la guerra, no es un huracán o un terremoto, esto ocurre cada 47 días; cuando, como una tromba, llega por las noches la cuadrilla de pilladoras en un criadero de pollos.

El Cuadro de las mil aves  

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No se como; pero, de pronto tengo en mis manos un cuadro, no es un cuadro muy grande, quizás de unos veinte por treinta centímetros. Está pintado en colores plata y dorado; similar a esos cuadros chinos que uno compra en los basares. Y en el se ve la figura de un ave. Tal vez un Ave del paraíso, un pájaro de fuego o un ave fénix; es difícil saber ya que puede ser todas las aves. Al voltear el cuadro, la figura cambia de forma y de color. Los colores son tornasolados, siempre dorados y siempre plata; pero, en el están todos los colores y todas las aves; mas, siempre una sola. Indefinible porque tiene algo de cada una…

Raspo la pintura –no entiendo porqué lo hago- veo caer el óleo que se resquebraja; sin embargo, a medida que voy removiendo la pintura, esta se renueva con otros colores y otras formas tan vívidas y tan hermosas como las anteriores. Esta faena me lleva horas y veo un desfile interminable de aves de distintos colores y formas… el cuadro permanece intacto.

Una voz me dice que el propietario del cuadro vivirá mil quinientos años, que este cuadro es el recuerdo vivo de remotos y olvidados dioses; de nombres tan raros e impronunciables que parecen extraídos de un cuento de Lovecraft. Me dice que por algún intrincado razonamiento –que solo conocen estos- el cuadro me ha elegido para ser su dueño; porque el cuadro elige a quien pertenecer, cosa que hace cada mil quinientos años. Deduzco de esto que cuando el cuadro decide cambiar de dueño el antiguo propietario muere e infiero que mientras tenga el cuadro este no puede morir.

Alguien, al parecer un conocido mío, se entera que soy el dueño de esta maravilla, e intenta arrebatármela. Al principio apela a la razón y me hace ver las inconveniencias de vivir tantos años, luego intenta infundirme temor. Me dice que me expongo a sufrimientos y lamentaciones, que el cuadro acarrea desgracias… no le creo. Pero, parece tener razón ya que un familiar muy querido, estando totalmente sano, repentinamente enferma. Mi rival se entera de esto y me lo echa en cara, me dice que es solo el comienzo. No temo, solamente me siento culpable.

Entonces mi rival recurre a retorcidos métodos para poner en mi contra a mi mejor amigo, a aquel a quien quiero como un hermano. Y este: convencido que el cuadro le dará larga vida decide aliársele. Para ello se arma de un enorme mazo el que se apresta a descargar sobre mi cabeza. Yo no huyo, no grito, no me defiendo, solamente espero. Tan convencido estoy que no moriré que solo espero ver la decepción de mi amigo cuando vea que no puede matarme, y si lo lograse; si mi análisis fuera errado y si el tener el cuadro no garantiza la vida, me queda la satisfacción de saber que no será el elegido... Entonces el mazo cae. No siento dolor sino un pinchazo en el hombro, un ligero escalofrío me recorre. Una puerta se abre ante mis ojos y a través de ella atisbo la eternidad. Cruzo el umbral, no hay luz; sin embargo no está oscuro, me adentro; no tengo miedo…

La Gitana  

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Confieso que no voy muy seguido a la playa, ni soy aficionado a pasear; pero, ese día estaba decidido a dedicarlo al ocio y a la contemplación; el día era claro, el sol radiante, como día de comercial de TV. Caminaba yo tranquilamente entre la multitud, en uno de los jardines que hay aledaños a la playa; la gente deambulaba sin prisa, los niños jugueteaban en el césped y uno que otro muchacho se deslizaba peligrosamente por mi lado montado en sus inestables patines.

Iba mirando la arena del sendero; cuando, de improviso, se me acerca una gitana. Era una gitana ya madura, de facciones delgadas; pero, con enormes senos y panza típica de las de su raza. Su largo vestido de color floreado arrastraba en el suelo, sus pies estaban calzados con sandalias de cuero, su sonrisa denotaba una mal cuidada dentadura.

- Quitando te da- Pareció decir

Y, rápidamente, tiro de mi cartera , la que colgaba en mi hombro derecho. Sorprendido y atónito, tardé unos segundos en comprender lo que estaba pasando. Ella impávida , pareció
sonreírme; yo inmóvil sin atinar a reaccionar. Una serie de ideas se me vinieron a la cabeza: desde empujarla, darle un puntapié o tirar de mi cartera con fuerza. Mientras elucubraba, ella con dedos hábiles, corrió el cierre de la cartera e introdujo su mano dentro de esta; sacando, triunfante, una billete de cinco mil pesos.

-Quitando te da- volvió a repetir.

En mi
confusión, intenté quitarle el billete, pero ella levantó su mano, y lo soltó hacia atrás, como una novia que lanza el ramo en un casamiento. De un salto, otra gitana delgada y ágil como una gacela tomo el billete y salió huyendo. La gitana tetuda se alejó sin inmutarse y se perdió entre la gente.

Yo me quedé parado, incapaz de reaccionar, avergonzado y enojado conmigo mismo más que con las gitanas. Durante toda la maniobra no sentí miedo, sino que la indecisión me paralizó. Me dije a mi mismo que esto es la historia de mi vida. Nunca valoré lo suficiente mis cosas como para pelear por ellas y nunca
tuve el valor de reaccionar con energía y golpear a alguien

Aceptado el hecho de perder cinco mil pesos, me dije que no valía la pena armar escandalo por tan poco dinero por lo que no quise reclamar al carabinero que se encontraba una veintena de paso mas allá. Indignado con mi falta de carácter me alejé lentamente.

No Volveremos  

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No volverás ni volveremos

A mirar el cielo raso blanco

Que fue nuestro cielo

No volverá tu desnudes a iluminar la triste pieza

Ni las oscuras paredes nos miraran fisgonas

No volverás a mirarte en el espejo de mis ojos

No nos contemplaremos en la cama trastornada

No cubriremos con nuestra desnudes las sabanas mojigatas

Tu piel temblorosa ya no recorrerá mis manos

No volverás ni volveremos no porque no podamos

Si no porque no queremos

Volver a mirar el cielo raso

Que ya no es nuestro cielo

Ni a iluminar con tu desnudes la triste pieza

Ni aceptar las miradas fisgonas de oscuras paredes

Ni reflejarme en el espejo de tus ojos

Ni a descubrirnos en la cama perturbada

Ni cubrir nuestra desnudes con sabanas puritanas

Ni tu piel recorrer con mis manos temblorosas

No volverás ni volveremos porque aun no sabemos

Si estuvimos ahí o deliramos.

No volverás ni volveremos porque queremos

Guardar lo vivido como un sueño.


El Pasajero de al lado  

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Debido a mi trabajo tengo que trasladarme a menudo y generalmente lo hago en bus. Debo decir que no me gusta viajar mucho, no porque no me agrade el conocer nuevos lugares y paisajes, sino por la incomodidad del traslado. Además, tengo cierta aversión a entablar conversación y tendencia al aislamiento. Por lo tanto, cuando me subo al bus, trato de no mirar a nadie y pongo cara de huraño con la secreta esperanza de que el asiento de al lado quede desocupado. Confieso que a vece me resulta esta estrategia y la gente que me mira prefiere buscar otro lugar; pero, la mayoría de las veces el bus va lleno y no me queda mas remedio que soportar la compañía de mi desconocido vecino. A veces me siento sociable y puedo intercambiar con el pasajero de al lado una que otra palabra de buena crianza. Nunca una conversación larga.

Por eso, cuando mi vecino de asiento, me preguntó hacia donde iba- con el manifiesto interés de entablar conversación- no le presté mucha atención y con una displicente respuesta le dije que a Victoria.

-Yo voy a Mulchén – me dijo

Y añadió,

-Le digo adiós a Santiago y espero no volver.

El bus, muy lentamente, comenzó a abandonar el Terminal. Mi vecino se acomodó en su asiento y yo miré con despreocupación la gente que se quedaba en el andén. Luego, el bus fue serpenteado por las callejuelas hasta llegar a la carretera.

-Yo viví cerca de aquí, en el paradero 18 – me dijo el desconocido cuando cruzamos Departamental y, sin que le preguntara, añadió:

-En unos departamentos que están en El llano.

Yo guardé silencio. Al llegar a San Bernardo, después de haber mostrado nuestros pasajes al auxiliar. Mi vecino se incorporó. Saco del maletero una botella de pisco y unos vasos.

-¿Se sirve?-E insistió- Sírvase nomás.

Algo en el tono de su voz me llamó la atención y despertó en mí cierta curiosidad.

Quise oponerme, pero, tal fue su insistencia y pese a que no bebo con frecuencia, a regañadientes, acepté.

Resultó que el hombre era de Mulchen. Nacido y criado a orillas del río que bordea la ciudad. Y que, habiéndose casado joven, decidió viajar a santiago en busca de mejores soles y ahora volvía derrotado.

Siendo este un individuo joven de unos 25 a 27 años. Sus ademanes denotaban cierto aire sureño; tenía, eso si, cierta seguridad en sus gestos, de la que carece la gente del sur; probablemente adquirida en el constante roce con sus colegas capitalinos mas agresivos. Su estadía en la capital había permeado su lenguaje y lo había contaminado con el acento y dichos propios del hablar de la gente de la población de Santiago.

A todo esto, el bus quedó totalmente a oscuras. Y solo se escuchaba el susurro de los pasajeros insomnes, amortiguados por el ronronear del motor, que al igual que nosotros cuchicheaban en voz baja.

Y habló, primero de temas banales y después, de cosas más personales.

Yo lo escuché, al principio con indiferencia luego con más atención y al final con franco interés.

Y dijo:

“Me vine a santiago, recién casado, con la esperanza de encontrar una pega que me permitiera progresar; por un tiempo viví en la casa de unos tíos. Logré encontrar trabajo en una panadería y mi mujer en un supermercado. Luego, arrendamos una pieza, era chica, pero no nos importó. Teníamos algo que nos impulsaba. Creo que era el amor; yo la amaba y ella también me quería.”

Su voz se hizo más densa. Los recuerdos atenazaron su garganta. Se bebió un trago como para aclarar la voz y prosiguió.

“El pan, como usted sabe, se hace de noche y se entrega de madrugada, por lo que mi jornada era mayormente nocturna. Mi mujer trabajaba en el día más de doce horas, los supermercados no cierran el fin de semana, por lo que no nos veíamos mucho. Eso, al contrario de minar nuestra relación nos hizo estrecharnos aun más. Compartíamos escasamente algunas horas los días domingo en que ella no trabajaba y yo tenía el día libre.

Con el paso del tiempo, mi mujer quedó embarazada, no cabíamos en nosotros de felicidad. Yo soy de los hombres que cree que uno no está completo hasta que no tiene un hijo. Por eso, decidimos postular a un subsidio y comprar un departamento de los que entrega el estado. Postulamos y nos fue bien. Nos dieron uno bastante central, ahí, en el paradero 18 de Gran Avenida.”

“Luego nació nuestra hija, y cuando todo comenzaba a ir bien. Una tarde mientras mi mujer estaba de pie con la niña en brazos esperando una micro. Un camión descontrolado salio de la calle, se subió a la vereda, atropelló a varias personas, entre ellas a mi mujer.”

Se bebió otro trago.

“Cuando llegué al hospital, la niña ya había muerto; mi mujer aun estaba viva. Quise entrar a verla; pero, me lo impidieron. Tras unas horas de agonía mi mujer falleció.”

La luz de la luna penetró por la ventana e iluminó su rostro prematuramente envejecido y en el brillo de sus ojos humedecidos por la emoción puede captar su pena.

“En esas horas, cuando ella se debatía en su agonía, yo rogué a Dios y le supliqué que no se la llevara. Pero, todo fue en vano. Dentro de mi dolor creo que no sentí pena sino rabia y si lloré fue de impotencia. En ese momento odié a Dios; Pero, a Dios no se le preguntan las razones si no que no queda más que acatar sus decisiones.”

Yo no dije nada. Le pedí que llenara mi vaso y me lo bebí de un sorbo.

Morir de amor  

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Ella lo amaba; él a ella también. Ella deseaba que él solo se fijase en ella; él solo tenía ojos para ella. Ella se sentía morir por el; él daba la vida por ella.

El y ella se habían conocido un día de mayo en que las lluvias eran suaves y desde ese día, como los rieles del tren, sus vidas comenzaron a correr por la misma vía. El junto a ella sin separase jamás, pero, sin unirse nunca.

Ella quería que esa distancia se hiciera mas corta, ella quería ser una con él.

Ella lo amaba, pero, nunca creyó en el. Ella pensaba que el no la amaba. Ella pensaba que el se iría. Ella pensaba que en algún lugar sus vidas se separarían.

El no pensaba alejarse. El quería quedarse. El sentía que no le creían, el la amaba más para que le creyera.

Ella quería que el sólo la amase a ella. El sólo podía amarla. Ella pensó que eso no era suficiente y quería aun más. Ella lo amaba inmensamente. El la amaba intensamente.

Y ella dijo: Quiero que él me ame con toda su alma y daría la vida por ello.

El hado, que escuchaba escondido tras un seto, decidió hacer cierto su deseo.

El la amaba más y en la piel de ella, en su blanca tez, apareció un pliegue.

El la amaba más y ella aun creía que era poco.

El la amaba más y el notó en el pelo de ella una blanca mancha.

A medida que el más la amaba ella más envejecía.

El sintió una infinita pena al ver que ella moría. Y en ese momento la amó aun más.

Ella comenzó a morir. Y al morir no se sintió amada.

El Temblor  

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De a poco, Lejana, despacio, apenas perceptible, siento una suave agitación, un rumor, una vibración. Primero: leve, luego más intensa, más ruidosa. Pesadamente, saliendo de la somnolencia como un recién sedado, negándome a abandonar el mundo de los sueños, abro los ojos, escucho, me estiro, bostezo, me desperezo. Mis pensamientos, como los pesados carros de un tren, comienzan a formarse y lentamente comienzo a despertar.

La noche me impide ver, el desasosiego que me despierta se torna en inquietud, intento ver a través del manto de oscuridad que me rodea. Escucho: un profundo sonido parece venir de todos lados y no logro identificar de donde proviene; la vibración aumenta y siento casi una sacudida. Dentro de mi adormilado cerebro se dispara una alarma, todos mis músculos se tensan, me quedo muy quieto, escucho, mi corazón se acelera…

Un temor atávico se ha transformado en pánico. Me bajo de un salto de la cama y busco el interruptor de la lámpara. No la encuentro, me parece que la cama, la pieza, todo se ha trastocado; a tientas busco la salida. Ahora el ruido está en todos lados, el piso se mueve, las paredes vibran. Todo mi ser se prepara para la huida. Me acuerdo de mis hijos, trato de avisarles. Y grito: Temblor.

En mi espavorido escape, siento que tropiezo con bultos desconocidos; Veo una luz que me parece la ventana, voy hacia ella…

De pronto: escucho unas voces. Alguien que reclama.

¿Qué le pasa hombre? –Me pregunta una voz en la oscuridad.

Quédese tranquilo- Ordena otra voz.

Unos instantes después. Se enciende la luz. Miro a mí alrededor y comprendo. Estoy en un bus. Y varios pares de ojos irritados por el alboroto causado me miran con desaprobación.

Anonadado, tratando de reponerme del susto, me siento, me agacho, y al rato, avergonzado aún, pero, ya completamente calmado, arrullado por el ronco ruido del motor, trato de volver a dormir cuando el chofer vuelve a apagar las luces.

Encuentro conmigo  

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Hoy me cruce en el camino conmigo mismo y no me reconocí. Iba como todos los días, ensimismado en mis pensamientos, absorto en mis abstracciones, cuando al igual que el día anterior, me topé conmigo. Confieso que este cruce es habitual, casi siempre en la misma esquina, he llegado a pensar que debo tener un horario parecido al mío, porque siempre, a la misma hora y en el mismo lugar, me encuentro.


Declaro que normalmente no miro a la gente al pasar, costumbre que mi mujer reprocha, ya que en muchas ocasiones me he encontrado con ella en la calle y ni siquiera la saludo; tan absorto voy en mis elucubraciones que no miro al pasar y no se crea que soy un engreído; aunque la gente que no me conoce muy bien cree que es así. Pero ¡Cuán equivocadas están! No, nada más alejado de ello que mi actitud. Ya que me considero una persona modesta y atenta con los demás.


Generalmente cruzo conmigo una mirada leve, corta y una inclinación de cabeza, eso es suficiente para mí. Me digo que es bueno que me reconozca y es bueno ser reconocido. Y como el encuentro es temprano en la mañana, eso alegra mi día. Pero, hoy, pasé de largo y sin mirarme (y eso que hoy casi choqué conmigo y tuve que hacerme ligeramente a un lado) y esa actitud de mi me extraño, me detuve y voltee la cabeza con la secreta esperanza de que me reconocería y me daría vuelta para saludarme, pero no fue así y contemplé mi espalda al alejarme. Me vi alejarme de mí con paso rápido, y mi cabeza levantada, más erguida que de costumbre (normalmente miro el piso cuando camino) me pareció ver en mi actitud un gesto despectivo para conmigo. Largo rato estuve contemplándome hasta que doblé la esquina y ya no pude verme.


Entonces Me hice un sin fin de preguntas. ¿En que iría pensando que no me reconocí? ¿Me estaré olvidando de mi o ya no me intereso en mi? ¿Tanto habré cambiado que ya no me reconozco? ¿o simplemente ya no quiero reconocerme? Estas interrogantes me hicieron poner triste y me comencé a sentir desamparado. Al igual que el hombre que se encuentra con un viejo amigo y éste ni siquiera lo saluda, o como el niño que se encuentra con su madre y esta no lo levanta en brazos, así me comencé a sentir. Pero, después me dije. No, lo que pasó es sólo circunstancial, probablemente mañana cuando me cruce conmigo nuevamente seré mas efusivo, es probable que hasta me detenga y me pida escusas, y es probable que hasta converse conmigo por unos minutos. Esta eventualidad me lleno de euforia. Mas, unos segundos después me asalto la duda. ¿y si ya no quisiera verme de nuevo, y si ya no me vuelvo a cruzar conmigo nunca más, y si decido cambiar de rumbo solo para no verme?


Me entretuve entre la posibilidad de salir tras de mí o dejarme ir, finalmente opté por quedarme donde estaba, y fui cruel conmigo, me dije que si quería huir de mi ese es mi problema no el mío. Si ya no me quiero ver, probablemente debido mis culpas o mis fracasos ese no es mi problema, yo estaré aquí, sin cambios, inalterable como una estatua que se queda siempre inmóvil, siempre fría, contemplando el paisaje o mirando sin mirar, Pero, sin huir; considero una cobardía huir de mi, mas aun si yo no me he hecho nada malo, y es más, me gustaba encontrarme conmigo cada mañana. Por eso, ese gesto que quise adivinar en mi actitud, considero que no viene al caso y contemplé un rato la calle, como queriendo comprender algo, como el hombre que contempla como se aleja un amor, y luego, sin remordimiento me mande al diablo a mí mismo y seguí mi camino.

Cervero  

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Despierto, miro a mí alrededor, estoy acostado. La pieza donde estoy es pobre, paupérrima, al punto que la casa ya no tiene paredes y el techo, que hace tiempo se derrumbó, permite ver el cielo. Mi cama, sola, es el único mueble de esta mísera habitación.

Es atardecer, y el cielo está pintado de un agresivo rojo-gris-amarillo. Se siente soplar el viento que precede a la lluvia; Puedo ver, por el hueco de la ventana ya sin vidrios, un viejo roble que se mueve debido al ventarrón. Estoy contemplando el lóbrego atardecer cuando aparece un perro, es grande, más grande de lo normal, envejecido, de pelo tieso, ralo y ya canoso, su fiera mirada busca con ansiedad; en su frenética exploración revuelve como un torbellino, la pieza donde estoy.

Mi mascota, un enorme pastor alemán se le cruza en su camino, con la evidente intención de detenerlo. Los comparo y mi perro parece un enano ante este can. La bestia lo mira con ira y le muestra su fiera dentadura; mi perro retrocede acobardado. Yo, desde mi cama contemplo la acción y comprendo el miedo de mi perro al ver a este otro animal emergido a mí entender del mismísimo infierno.

El perro me mira, de sus fauces cae una fea baba, la que escurre hasta el suelo, lo enfrento sin temor, el perro no parece fijarse en mí y unos instantes después, parece decepcionado de la búsqueda, da la media vuelta y se marcha, pero… al llegar a la puerta parece acordarse de algo, gira y me mira.

Me reconoce, con su mirada, parece hablar y decirme –a usted lo busco- En sus ojos no hay odio, sólo una profunda determinación parece embargarlo. Al observarlo deduzco que me busca por mis pecados ya en algún lugar juzgados, y, condenado, me viene a buscar. Me muestra sus enormes colmillos y gruñe con un ruido que parece de otro mundo. Por unos instantes nos contemplamos, y de un brinco titánico, se abalanza sobre mí…

La esperanza  

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De: José María Vargas Vila

No matéis la Esperanza en el corazón del Hombre; el Hombre es un ser fundado sobre la Esperanza, que no vive sino de la Esperanza, ni tiene otra ventura sobre la Tierra que la Esperanza; La Esperanza es una fuerza más grande que la Fé, de la cual es una forma; sin la Esperanza, la Vida sería menos que un camino en la Noche: sería una Peregrinación en el Caos; no apaguéis ese divino Sol en las conciencias; ¿qué quedaría sobre el cielo de las almas?

El hombre puede resignarse a vivir sin la Ventura, pero no sin la Esperanza; ¡dejemos al Hombre la Esperanza! Ella no alcanzará a salvarlo, pero alcanza siquiera a consolarlo; y el Consuelo es una Misericordia-ultrajante, como todas las misericordias del Destino —pero ¿a qué rebelarnos contra ellas, si no hay otras?

Solo hay una cosa que consuela de la eternidad del Dolor y es la eternidad de la Esperanza; Los hombres, —que han creado a Dios— y creen en él, pueden hallar un refugio a su ilusión, a la sombra invisible de sus alas; los que ya no creemos en nada, fuera del circulo de la Realidad que nos estrecha, ¿a dónde hallar un abrigo a nuestra Esperanza, en este naufragio absoluto de los dioses y de los hombres? ¿En dónde?

En el seno augusto de la Verdad; La Verdad, como la lanza de Aquiles, cura las heridas que hace; La Verdad es el alma de la Historia, y se exhala de ella como un perfume; Vivamos en la Verdad; y, digamos la Verdad; la Verdad salva.


Eso dice Vargas Vilas, admirable escritor. Pero, ¿de qué nos salvará la verdad? Si nadie está condenado; si sólo estamos en esta vida para cumplir sus designios y nada más. Si todo esta escrito, si nuestro destino ya esta marcado ¿de que sirve la esperanza ante lo inevitable? ¿Y de que sirve la verdad frente a lo evidente?
En fin: “la esperanza, es el mañana de los que no tienen futuro”.
Otro comentario: la verdad no es el alma de la historia, ya que esta, generalmente se encuentra ausente de ella. Y es difícil encontrar la verdad en la historia. Ya que esta la escriben los vencedores y estos, han manipulado los hechos y escondido la verdad, hasta el punto de que esta se avergüenza y no se muestra.

Melodia inmortal  

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Mientras escucho la melodía “Enmanuelle” con Fausto Papetti al saxo, me pregunto ¿Qué es lo mágico de estas melodías? ¿Que hace que se desencadenen las emociones, se atropellen los sentimientos y se conviertan en una lagrima? Y me respondo: su simpleza. Todas tienen un tema principal y los instrumentos solo van dando una variante del mismo tema. Yo no soy experto en música y no pretendo hacer de estas disquisiciones un ensayo musical. No, nada de eso, solamente trato de entender porqué un sonido produce esa reacción. Dejaré el estudio químico de cómo un sentimiento, que es algo abstracto, se materializa en una lágrima, que es algo concreto. Para concentrarme en algo aun más abstracto o tal vez más absurdo.


Si yo fuera un compositor, si pudiera conjugar las notas, como el prestigiador juega con las palomas, trataría de componer una canción que fuera todas las canciones. Una canción tan triste que te haga sentir la urgencia de una sirena, el desamparo de un amor que se queda en la estación; la tristeza de una tarde de otoño vista a través de las hojas que caen y mueren. Y al mismo tiempo tan alegre, que te llene de euforia, como una droga, como el vino. Como la noticia sensacional que recibes y solo tú conoces. Como cuando te dicen que aquel hijo que tú amas se ha salvado y ya no morirá. Pero, al mismo tiempo, la canción debe recordarte la serenidad de una tarde de verano, lenta y calcinante, en que nada se mueve y todo reposa. Y deberá recordarte los sonidos de la noche, el ruido inquietante de los grillos, y también la soledad de una cama vacía y eternamente a tu lado, Una canción, que inflame tu pecho, te haga empuñar un arma y te vayas al frente de batalla, una canción que te haga ver el dolor de los demás, y te embarques en una cruzada por la paz, en fin, una canción tan sublime que sea todas las canciones, todas las notas, todos los sonidos, que haga brotar todos los sentimientos, todas las emociones, toda la humanidad, todo el imposible inscrito en una canción.


Y me pregunto, ¿es posible esta melodía? Y me respondo: sí. La vivimos a diario, está sonando cada día, cada segundo que pasa la escuchamos, solo que estamos inmersos en su sonido, pero, si fuéramos capaz de escapar, como el naufrago que llega a la playa y contempla desde la altura el mar que estuvo a punto de ahogarlo; Veríamos la cosa diferente, veríamos que esta melodía está presente cada día. Somos parte de ella. Está en cada cosa. En cada flor, en cada niño, en cada anciano. En cada risa, en cada llanto, en los gritos, en la furia, en el abrazo, en la puñalada, en la caricia. Está sonando, siempre presente, eterna. Está en todos nosotros, en el conjunto de nosotros, está; en fin, en la humanidad.


Si fuéramos mas allá, si nos atreviéramos a dejar nuestro yo, nuestro tú, nuestro nosotros, veríamos que esta canción solo puede ser compuesta por el que nos enseño o mejor dicho, nos dio cada nota, cada sonido, cada eco, cada ruido, en fin; si fuera un creyente diría que esta música la compone cada día Dios. Quien nos da vida, Y si no lo es, la compone la naturaleza y la entona la vida. Pero, no podrá negar que existe, está ahí, sonando, cada día, sempiterna. Y como un hombre tiene que tomar partido, creo que esta música solo es capaz de componerla el Creador de todas las cosas, el que da vida y permite que la vida se renueve a sí misma.


Más adelante, en otra ocasión, cuando sienta de nuevo esta música, cuando compare a Francis Lay y Papetti, cuando el pisco sour suelte mis ataduras, cuando la soledad se haga insoportable hasta el punto de estar a punto de dejar de escuchar la música de la vida retomare este tema y pensaré en el.


Gracias a la música: ABBA

Tiempo al Tiempo  

Posted by Errante

Siempre hay tiempo, cuando hay tiempo,
Tiempo que escasea y sobra
Si es que aun es tiempo,
Entonces, detengamos el tiempo

Y demos tiempo al amor
Tiempo para amarnos
Y en nuestro amor
Dejemos correr, lento el tiempo

Cuando ya es tarde,
¡Cómo corre el tiempo¡
¿Nos alcanzara el tiempo
Para amarnos?

¿O alcanzaremos al tiempo?
O moriremos en el intento
Y nos amaremos, sin prisa
Matando el tiempo

Tarde en el tiempo llegaste a mi tiempo
Como una brisa del buen tiempo
Y ahora te marchas lejana,
Distante, en espacio y tiempo

Cuando se acabe nuestro amor
Al final de nuestro tiempo,
Cuando el amor se haya ido
Ya no habrá tiempo

Soledad y desamparo  

Posted by Errante



Una charla, una palabras al pasar y me queda dando vueltas una pregunta y me interrogo ¿dónde está el límite entre la soledad y la desolación? Al parecer, esta pregunta no me la hago solamente yo, sino que mucha gente se pregunta lo mismo y, lo extraño es concluir que existen muchas personas que razonan de forma similar.


Existe gente a las que les gusta la soledad en tanto esta les permite encontrase consigo mismas. Otras, atareadas y presionadas por los demás, claman por un momento de soledad. O como lo leí en un blog: de privacidad.


Sin embargo, existen personas gregarias que no soportan el hecho de estar solas; no requieren de un rincón para sí mismas ya que el contacto con otros individuos las vitaliza y ese roce constante le da un sentido a su vida. Y hay otras que no requieren encontrase consigo mismas, ya sea por temor a conocerse o porque se conocen tan bien que no requieren examinarse en soledad.


Sea como sea, el ser humano vive en tribus y sin lugar a dudas, el estar solo hasta el punto de aislarse de los demás no es bueno para el aislado ni para el grupo que le rodea; incluso el cenobita no logra separase completamente del conjunto; Por lo tanto, los individuos están condenados a vivir en sociedad.


Tengo la impresión, equivocada o no, de que las mujeres tienen mayor tendencia a sentirse solas y al hablar con ellas deduzco que ven la soledad como desamparo, sin el apoyo del grupo, y lo más extraño, es que basta el sentirse abandonada por una persona para que sientan esta orfandad.


El sentirse abandonado por cualquiera, sobre todo si ese alguien es una persona por el cual se siente afecto, trae consigo el sentimiento de pérdida, y una caída en el desamparo y el individuo se siente (como alguien me dijo) en “soledad desolada”.


A este respecto creo que la mayor de las soledades es cuando uno se abandona a si mismo y se entrega a la deriva de fuerzas que no comprende y ya no es capaz de lidiar con su destino, de ahí que la soledad no es el hecho de ser abandonado por los demás, sino el hecho subjetivo de no tener un asidero a que echar mano en el confuso devenir de los tiempos. Así, el individuo desolado es aquel que se ha perdido a si mismo en el sentido de que es incapaz de encontrar una tabla de salvación ya sea en si mismo o externa, en cambio el hombre solo, es aquel que consiente de su soledad, es capaz de surfear en las olas del cambiante mar de su destino. Es aquel que si bien se sabe capitán de su barca y aunque no tenga claro su destino se aferra a ella y sabe que esta resistirá los golpes de las olas.